¿Quién dijo que los polvos matan?
Esto sí es el colmo: que en lugar de buscarles cura a las gripas o a los dolores de cabeza nuestros de cada día, haya grupos de científicos dedicados a culpar a los polvos de las complicaciones de algunos males que ellos tampoco han logrado detener, es incomprensible.
Hace unos días, y como afianzando el viejo refrán de que "por la boca muere el pez", anunciaron a los cuatro vientos que el universal y milenario sexo oral podría causar cáncer de garganta y hasta matar.
Lo que no se esmeraron en decir es que no es la arraigada práctica la responsable de este mal, sino el virus del papiloma humano, cuyo contagio puede prevenirse. Aclarar eso sería mejor que asustar a la gente.
Además, eso es como responsabilizar al sofá de los polvos de los infieles. Por supuesto que después de eso hoy muchos paranoicos solo usan la boca para silbar.
Como si fuera poco, esta semana otro grupo de aquellos llegó a la conclusión de que un sedentario puede, literalmente, morirse en el acto si lo suyo son los polvos esporádicos. Parece que el asunto tiene que ver con el efecto de la actividad física en personas, sobre todo señores, que se mueven menos que un perro de porcelana.
El problema es que los investigadores no nos dicen si un polvo esporádico equivale a uno cada cumpleaños, cada viernes o cada vez que nos ascienden. Nada de nada...
Insinúan que la muerte acecha con la encamada repentina que sucede a un largo verano, pero tampoco dan pistas sobre lo que uno debe hacer entonces. ¿Reentrenarse en las faenas amorosas por televisión, con un personal trainer o con uno mismo? ¿Mejor nos metemos a un convento? ¡Bobadas!
Si otros estudios dicen que los polvos genuinos son muy saludables, la receta debe ser practicarlos a diario. Y si es en mayores dosis, mucho mejor. Hasta luego.
